Las Grandes Ligas y el Orgullo.

Los Gigantes de San Francisco usando un uniforme con los colores de la bandera del orgullo en logo. Foto: Getty Images / Giants.

Por Mari Montes / @porlagoma

A propósito de lo ocurrido recientemente con algunos lanzadores de los Gigantes de San Francisco, quienes decidieron no utilizar el uniforme alusivo al Mes del Orgullo, vale la pena detenerse un momento en el fondo del asunto.
También es importante recordar que esta es la primera vez desde 2015, cuando MLB institucionalizó oficialmente las celebraciones del Mes del Orgullo en toda la liga, que una situación como esta genera una controversia de esta magnitud.
No creo en la imposición. Las convicciones personales, religiosas o culturales forman parte de la libertad de cada individuo y merecen respeto. Pero comprender el origen de estas iniciativas no debería ser tan complicado.

Las Grandes Ligas dedican fechas y espacios de visibilidad a numerosas causas y grupos. Existe el Día de Jackie Robinson, el Día de Lou Gehrig, las jornadas de concienciación sobre el cáncer de mama, el cáncer de próstata y el cáncer infantil; se honra a los veteranos, se celebra el Memorial Day, las herencias culturales de distintas comunidades e incluso hay noches temáticas inspiradas en fenómenos de la cultura popular como Star Wars.

Ninguna de esas iniciativas obliga a nadie a renunciar a sus creencias. Tampoco esta.
Quien desea expresar públicamente su fe tiene 365 días al año para hacerlo, y de hecho muchos jugadores lo hacen de manera abierta y constante. Lo vemos en entrevistas, publicaciones, celebraciones dentro del terreno y obras comunitarias. La fe no depende de una fecha en el calendario.

El Mes del Orgullo no nació para obligar a nadie a pensar de determinada manera. Surgió como consecuencia de décadas de exclusión, discriminación, violencia y silencios forzados. Nació porque muchas personas perdieron empleos, fueron expulsadas de sus hogares, golpeadas, humilladas o incluso asesinadas simplemente por ser quienes eran.

Historias como las de Glenn Burke y Billy Bean ayudan a entenderlo. Ninguno estaba pidiendo privilegios. Lo único que querían era jugar béisbol. Sin embargo, ambos sintieron que debían esconder una parte esencial de sí mismos para poder permanecer en el deporte que amaban.

Cuando las Grandes Ligas promueven mensajes de inclusión o dedican una noche a la comunidad LGBTQ+, no están celebrando una ideología. Están enviando una señal de que el béisbol debe ser un espacio donde nadie tenga miedo de existir, de trabajar o de perseguir sus sueños por causa de su orientación sexual.

Tal vez no todos estén de acuerdo en la forma. Tal vez algunos discrepen de ciertos símbolos. Pero resulta difícil oponerse al principio fundamental que inspira estas iniciativas: que toda persona merece respeto, dignidad y la posibilidad de vivir sin miedo al rechazo.

Billy Bean solía recordar que los cambios culturales toman tiempo. También tomó tiempo derribar barreras raciales, aceptar la integración y comprender que la diversidad fortalece a las organizaciones. La inclusión no exige uniformidad de pensamiento; exige reconocer la humanidad del otro.

Quizás por eso las Grandes Ligas han decidido invertir recursos, tiempo y educación en este tema. Porque detrás de cada bandera, de cada conversación y de cada gesto simbólico, hay historias reales de personas que durante mucho tiempo sintieron que no tenían un lugar en el terreno.

Lo que hizo Billy Bean ubica a MLB entre las grandes organizaciones deportivas que han decidido asumir un papel activo en la promoción del respeto y la inclusión. Su mensaje fue escuchado por los peloteros desde las ligas menores, y muchos de aquellos jóvenes con quienes conversó hace una década hoy son figuras establecidas de las Grandes Ligas.


Al final, nadie está pidiendo que todos piensen igual. Lo que se propone es algo mucho más sencillo: que cada persona pueda vivir, trabajar y desarrollarse con dignidad, sin miedo a la discriminación o al rechazo. En eso consiste el respeto.


Y si el béisbol ha sido capaz de abrir sus puertas a quienes alguna vez fueron excluidos por el color de su piel, su nacionalidad o su idioma, también puede seguir avanzando para que nadie tenga que esconder quién es para formar parte del juego.
Porque, más allá de las diferencias, todos cabemos en el mismo terreno.

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